Se van a cumplir 2 años desde la aparición de la COVID-19, que como una bomba agitó y arrasó a la población del mundo entero con una pandemia que hacia mucho que no veíamos, al menos, en occidente.

Pero, ¿en que medida nos preocupamos frente a prepararnos ante epidemias o pandemias?

Está claro que sí nos preocupamos ante este tipo de enfermedades y sus consecuencias: nos ronda la cabeza, es tema de debate y discusión, lo vemos en los medios a diario… pero, tras vivir esta situación y las consecuencias que ha tenido, surge una pregunta:

¿En qué medida contamos con preparación ante epidemias o pandemias?

Es innegable que la sanidad se ha visto enormemente sobrepasada ante esta crisis y a día de hoy, en un momento de menos emergencia, también se encuentra en una posición difícil con profesionales rondando los límites de fatiga y unos medios que se quedan cortos en ocasiones.

Si nos quedamos con esta radiografía de la sanidad en general, cuando centramos la atención en la salud mental en concreto el escenario es quizás peor. Algunos datos que nos muestran esto:

  • Un estudio de metaanálisis de la Universidad de Ottawa con datos de 55 estudios de diferentes países y una muestra de 190.000 participantes nos presenta que el trastorno por estrés postraumático, la ansiedad y la depresión fueron, respectivamente, cinco, cuatro y tres veces más frecuentes en comparación con lo que habitualmente y antes de la pandemia reportaba la Organización Mundial de la Salud.
  • El mismo estudio compara la población general y los y las profesionales de la salud hallando que «no se observaron diferencias significativas por género o región geográfica; tampoco entre la población en general y los trabajadores de la sanidad, salvo en el caso del insomnio» que eran dos veces superiores al resto de la población.
  • También podemos mencionar la publicación de un informe de la Organización Mundial de la Salud en el que se señala que la COVID-19 ha perturbado o paralizado los servicios de salud mental críticos en el 93% de los países del mundo.

En resumen, podemos pensar que los confinamientos, el distanciamiento tanto social como físico, el miedo al contagio, las dificultades económicas, la preocupación y la incertidumbre provocados por la expansión de una enfermedad como esta mina la salud mental de toda la población y, en particular, de aquellas personas que contraen la enfermedad.

También en datos, un estudio publicado en The Lancet Psychiatry mostraba que el 18% de pacientes en Estados Unidos que contrajeron el coronavirus se les diagnosticó un problema de salud mental entre 14 y 90 días después de dar positivo para la COVID-19.

Teniendo en cuenta todo esto, quizás no sería mala idea invertir en salud mental no solo en tiempos de crisis si no también en momentos sin emergencia, fomentando la prevención de todos estos trastornos y problemas antes de que se den. Por ejemplo, formando y educando a la población en la gestión emocional.

Gestión emocional en epidemias o pandemias

Además de la tristeza, ante las pérdidas de familiares o personas cercanas, así como de situaciones difíciles, el miedo es la emoción que ha podido marcar el tono general durante la pandemia que aun vivimos. Un miedo que, unido a las distancias que se han tenido que asumir y que dificultan el consuelo y sostén, ha atenazado, al menos en algún momento, los corazones de prácticamente todos y todas.

El miedo, como el resto de emociones, cumple una función evolutiva, aunque la emoción en si nos sea desagradable. En este caso la función de protegernos. El problema viene cuando el miedo es tan desproporcionado que nos congela o se alarga tanto en el tiempo que acaba en angustia.

Una primera aproximación para tratar con ese miedo sería poder hacerlo explícito. Contar aquello que nos preocupa o nos da miedo ya es liberador en sí mismo y nos pone en la casilla de salida para poder gestionarlo.

Una vez es explícito y se puede nombrar, suele ser útil poder contextualizarlo y acotarlo a una o unas situaciones, tratar de determinar el peligro real sin caer en anticipaciones catastróficas y, por último, desde ahí enfocarnos a pensar qué podemos y queremos hacer para protegernos ante ese peligro.

Con esas acciones concretas (que en momento de pandemia pueden ser, por ejemplo, salir menos, llevar siempre mascarilla o lo que decidamos) podemos sentir cierto control y paz que mitiguen el natural miedo y lo mantengan bajo control.

Jorge Moreno – Psicólogo de Nara psicología

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