La adolescencia, ese momento vital que con solo nombrar muchos padres y madres pueden echarse a temblar. Todas las personas llevamos incorporado el estereotipo adolescente que nos vende el cine y los medios, estáis pensando en Hermano mayor, ¿verdad? Yo también; y desde ahí, claro, ¿quién no se echa a temblar?…

Sin embargo, sería interesante situarnos frente a la adolescencia desde otro punto, ese en el que nuestros hijos e hijas van pasando a convertirse en pequeñas personas adultas. Es el momento de “recoger lo sembrado” durante la educación en la infancia, que las habilidades, estrategias y herramientas que se han estado practicando todos estos años se pongan en práctica en la vida real.

Por otro lado, que sea el momento de “recoger lo sembrado” no significa que todo dependa de lo que, como personas responsables de la educación, hayamos hecho. Van a existir muchas variables que se nos escapan y dependan más o menos del azar, como las amistades, que van a ir ganando peso conforme nos acercamos y vamos entrando en la adolescencia.

Previo al punto de partida, será aceptar que muchas de esas cosas no las podemos controlar y no sufrir por ello ni tratar de llegar a controlarlo todo.

Si a este asunto de que padres y madres vayan perdiendo ese puesto sobresaliente como referencia a la hora de comportarse o construir quien soy, le sumamos el ego adolescente (que hace que tiendan a mirarse el ombligo), las ideas de invulnerabilidad (que hacen que suelan creer que nada les puede pasar) y que sea un momento de gran expansión de su mundo y de las experiencias a su alcance, podemos encontrar una complicada ecuación.

Padres + ego adolescente + ideas de invulnerabilidad + experiencias = mucho miedo de padres y madres

Un buen punto de partida podría ser la confianza. Confianza en que verdaderamente tienen habilidades y capacidades más desarrolladas de lo que solemos creer. Que son capaces de reflexionar y valorar la información con una profundidad mayor que la que el estereotipo adolescente nos brinda.

Es más, en muchas ocasiones los conflictos vienen generados o agravados por esta falta de confianza. Al pensar que son menos capaces de lo que en realidad son o, ya directamente, que son pequeños y pequeñas descerebradas que no saben ni lo que quieren ni lo que necesitan o les viene bien, tenderemos a comportarnos con ellos y ellas con los esquemas que eran fantásticos en la infancia, pero que ya no lo son.

Dichos conflictos son un grito que pide confianza, reconocimiento y respeto como jóvenes adultos o adultas en proceso.

El punto y seguido de la confianza será la autonomía. Autonomía que empieza a fraguarse tempranamente y que, en esos primeros momentos nos parece estupenda, cuando empiezan a lavarse solos y solas los dientes, hacen sus camas o se preparan la mochila para el cole; pero que no nos parece tan estupenda cuando empiezan a salir por ahí, exponerse al mundo o hacer las cosas a su manera. ¿Qué cosas, eeh?

Aunque nos cueste un poco (o un mucho) va siendo el momento de soltar cuerda (estábamos confiando ¿recordáis?) y permitir que los y las adolescentes vayan encontrando su camino. Esto no quiere decir que demos un paso atrás y nos desentendamos. Primero, porque la preocupación, que va a estar ahí, nos lo va a impedir y además tampoco es algo que les vaya a ir bien a nuestros hijos e hijas. 

Más bien es dejar de llevarles de la mano para situarnos a su lado y acompañar, permitiendo incluso que se equivoquen o fracasen. No pasa nada, están aprendiendo.

Por último, y como recomendación, será muy positivo escuchar, pero escuchar lo que tengan que decir quitándonos las gafas de peques o adolescentes sin causa y escuchar verdaderamente qué y cómo viven SU adolescencia.

 

Artículo de Nara Psicología
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