Dentro de la educación de hijos e hijas encontramos un momento peliagudo entre los 2 y los 4 años, si, efectivamente, es lo que estás pensando: ¡se ha abierto la temporada de rabietas!
Lo primero que tenemos que tener claro es que es algo normal y natural. Debido al momento de desarrollo de esas personitas se encuentran que empiezan a ser capaces de hacer más cosas por si mismos y mismas, desarrollan su individualidad, pero, aun no cuentan con todas las herramientas y estrategias que son necesarias para hacer frente a muchas tareas.
La operación es fácil:

Quiero hacer algo + No puedo = FRUSTRACIÓN

Y qué hago con esta frustración que resulta que tampoco puedo manejar, resulta que tengo 3 años, ¡fíjate! Pues te la lanzo a ti, mamá, papá o a quien le toque esta vez, a ver qué haces tú con ella.
Partiendo de este punto es más fácil no tomárselo como algo personal, cosa que no siempre es fácil, ya que parece que la rabieta tiene lugar en ese momento fantástico, con buen público, ¡es la hora del show!
Dicho esto, es interesante resaltar que las personas adultas, se presupone, que somos nosotros y nosotras, quienes manejamos, quienes sabemos, quienes tenemos cierto control emocional… todas esas historias de ser mayor vamos…
Por lo tanto será sobre nosotros y nosotras sobre quienes recaerá la tarea de educar y acompañar a los peques durante esta fase de su desarrollo como nuevas personas independientes.
La cosa es, ya…, yo entiendo todo eso, no me lo tomo a pecho y no me enfado, pero… ¿qué hago?
La primera nos la sabemos todo el mundo, NO HACER CASO, la regla estrella repetida hasta el infinito. Fácil ¿verdad? Menos cuando se pone a chillar, patalear, tirar cosas… cuando estamos en un bonito restaurante para empezar a cenar. Se hace complicado ignorar y seguir disfrutando de nuestro plato de pasta con la mirada asesina del resto de comensales clavada en nuestra nuca.

Como con todo lo demás del mundo educativo, sentido común, en ese momento tocará retirarse, elijamos nuestras batallas, que son nuestras y no del resto de personas del universo.
Quizás podríamos empezar por tratar de anticiparnos:

  1. Podemos evitar las situaciones o lugares que sabemos que van a disparar una rabieta.
  2. También podemos prestar atención a que nuestro hijo o hija no tenga hambre, cansancio o se encuentre más irritable por lo que sea, condiciones que harán mas probable que aparezca la frustración y se desencadene la pataleta.
  3. Utilizar un poco de mano izquierda, no dejan de ser muy jóvenes. Se les puede distraer con otras cosas para evitar que se centren en el foco de la emoción (en esos maravillosos chicles que quiero ahora y solo ahora…)
  4. Otorgarle algo de control, como decíamos se encuentra en el momento de querer hacer cosas por su cuenta. Podemos dejar que decida que ropa se quiere poner, si prefiere judías o lentejas…

Desgraciadamente todo esto no es infalible y alguna rabieta se escapará de nuestra capacidad de anticipación. Ahora, entonces sí, será el momento de no hacer caso, siempre que estemos en un lugar controlado y seguro en el que no se puedan hacer daño a ellos y ellas o a al resto.

Y por último, una vez hayamos ignorado la rabieta y esta haya pasado, es recomendable no darle mayor importancia y acercarnos y darle apoyo y cariño, un abrazo o una caricia sin quedarnos atascados o atascadas en el enfado porque nos la ha liado.
No olvidemos que niños y niñas son muy permeables al contacto físico y la cercanía, y que en ocasiones se nos olvida premiar y reconocer cuando las cosas se hacen del modo correcto.

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